Visto desde Galicia, creo que el Plan Ibarretxe no va a pasar a la historia ni por su excelencia jurídica, ni por su modernidad política, ni por el balance final de resultados, sino por la desmesurada reacción que provocó en unos partidos que, encelados por su profesión constitucionalista, parecen dispuestos a incendiar España para salvarla.