Brasil-Lula: ¿esperanza corrupta?

Brasil-Lula: ¿esperanza corrupta?
15
Septiembre
2005
Opinión

Durante la última semana, he tenido la oportunidad de visitar algunas poblaciones aisladas de la Amazonía brasileña en la provincia de Pará, y respirar la entremezclada desesperanza e ilusión de las castigadas comunidades del Brasil que hace tan sólo un par de años abrazaban, con ilusión, la llegada de su carismático y añorado hijo -Luís Inácio Lula da Silva, Lula- a la presidencia de la República.
Una vez más, "el Brasil del próximo siglo" como viene proclamándose, siglo tras siglo, anunciando la llegada del "continente exitoso del futuro", parece desvanecerse en una ilusoria promesa contrastando con una dura realidad en la que la pobreza, la marginación y el desamparo conviven con una potencial riqueza, con un avanzado escenario tecnológico de primer mundo observable en diferentes industrias punteras, el desequilibrio interterritorial desde la tópica ciudad vanguardista del futuro (Brasilia), la laboriosa y mercantil Sao Paolo y la entretenida Río de Janeiro pasando por la referencia ecológica de Curitiba, o el comprometido desarrollo con la Amazonia. Veinte años después de mi primera visita al Brasil, contemplado el éxito de los diferentes proyectos -todos con altos contenidos de innovación- y constatada la excelencia del factor humano con que han contado, parecería que el éxito colectivo no termina de llegar. La esperanza del cambio que apareció de la mano del "hijo de Brasil" (como reza la autobiografía autorizada del presidente) que inició su mandato con su ambicioso programa "Pobreza Cero" llevando a su gabinete, en su primer día de trabajo, a conocer la pobreza en las favelas cariocas animándoles a no olvidar las miserias y demandas del pueblo, se ha visto truncada por la sombra de la corrupción. Miembros de su gobierno, líderes de su partido y personas de su máxima confianza han debido dimitir debido a su participación en actividades ilegales y corruptas, abriéndose un delicado proceso judicial y político, empañando no sólo su estrategia de gobierno si no todo un proceso de recuperación democrática, minando la confianza en la alternativa del cambio y compromiso con nuevos modos de actuar y gestionar la "cosa pública". Si bien es verdad que la inmensa mayoría de la gente (incluida en gran medida la oposición política, sobre todo, ante el temor del desprestigio institucional, de la alternativa de sucesión no deseada y las consecuencias previsibles ante un marco electoral escasamente clarificador) desea preservar a su presidente, separarlo de las olas corruptas y, como mucho, acusarle de permisividad o inacción. La democracia quiere confiar en Lula y desea mantenerlo al margen de la desesperanza. Quizá porque se produce, hoy, en un contexto de bonanza económica que nadie parece querer contrariar.

¿Qué está pasando no ya en Brasil sino en toda Latinoamérica, por limitarnos hoy a este continente, que desde Collor de Mello, toda iniciativa de cambio viene acompañada de frustraciones, procesos mediáticos y judiciales contra la inmensa mayoría de los presidentes, sus partidos y muchos de sus colaboradores?

Bien de forma aparente o real, parecería como si no fuera posible encontrar gobernantes honestos, servidores públicos por convicción o vocación y deseosos de transformar sus sociedades. Personalmente no puedo ni creerlo ni aceptarlo. La complejidad de un gobierno que conlleva, entre otras cosas, difíciles interacciones con los propios partidos, organizaciones políticas, sindicales, empresariales y sociales, miles de cargos de "confianza" que se deben nombrar o separar, heredar todo tipo de funcionarios, cientos de sociedades públicas o entidades intermedias, etc -por citar unos cuantos agentes- se ve condicionada bien por obstáculos o facilitadores según su propia potencia, vocación de trabajo y servicio, compromiso colectivo, y la capacidad de movilización sobre el "establishment" que -con independencia del gobernante entrante- ejerce el verdadero poder de cambio o de continuidad inercial, siendo precisamente aquí donde reside la clave del éxito o fracaso, obligando a un sobreesfuerzo para sanear el contexto público, profundizar en los procesos de selección, nombramiento y control de toda cúpula pública en aras del éxito. Resulta absolutamente imprescindible el compromiso social y colectivo -empezando por los propios aparatos de los partidos políticos- y la honestidad y ética de los medios de comunicación. De nada sirven grandes políticas y programas o apuestas ilusionantes de futuro si no ha lugar al compromiso colectivo desde la honestidad, la credibilidad y la confianza. Bastante difícil es en sí mismo conseguir superar los retos y dificultades a los que se enfrenta un país -en este caso Brasil y Latinoamérica- y responder al enorme "gap" entre la promesa electoral y los resultados finales al agotarse una legislatura que lleva de forma irremediable a la desesperación, al no obtener las promesas recibidas, como para que, encima, más allá de esta frustración superable con el tiempo o, en su caso, con la alternancia, se traduzca en una esperanza corrupta. Ésta si que no es superable y hunde a cualquier sistema democrático.

Hace unos meses asistíamos esperanzados a una ola generalizada de cambio en el cono sur americano. Tabaré Vázquez y su Frente Amplio abrían una nueva puerta en el Uruguay; incluso Kirchner permitía entusiasmarse con la posible superación de la fracasada gobernanza en la Argentina y terminaba con experimentos populistas y guerrillas partidarias; un Toledo, en Perú, generaba expectativas superadoras de dictaduras "blandas" amparadas en la democracia orgánica, o alternativas "a distancia" de improvisados jugadores aspirantes a presidente (eso sí, sin haber vivido ni la política ni el país, cómodamente instalados en los Paseos de la Castellana, Campos Eliseos o Hyde Park desde donde los problemas y las soluciones se ven de muy diferente manera); o Lula invitaba a la esperanza. Brasileña. ¿Se habrá roto esta apuesta mágica? Seremos capaces de evitar su corrupta eliminación? Por el bien de Latinoamérica, de Brasil, de la credibilidad democrática y del propio Lula, esperemos que los núcleos de corrupción sean identificados y aislados, que aprendamos las lecciones adecuadamente, que podamos superar tanto episodio de frustración y encontremos la luz para la esperanza.

Quizás así, como me decía un amigo brasileño de la prestigiosa Fundación Gertulio Vargas hace unos meses comentando el Plan Pobreza Cero en cuya elaboración había participado: «Posiblemente no terminemos con ella pero comprometeremos a nuestros mejores hombres y mujeres en su erradicación. Lula sí la conoce y sabe lo que cuesta superarla».

¿Esta vez podrá lograrse en este siglo? Confiemos en poder impulsar y acaparar las iniciativas sociales y económicas que vienen desarrollándose en el país, venciendo la desesperanza, el inmovilismo interesado de los grupos privilegiados y dominantes, y reforcemos la construcción de proyectos solidarios y colectivos al servicio del interés general.

Cuando la semana pasada comprobaba el esfuerzo desarrollado en estas zonas aisladas (a las que hace tan sólo unos años llegaba la electricidad de manos de una empresa vasca) y observaba la clara mejoría del nivel de bienestar de sus habitantes, su ilusión y orgullo por su esfuerzo, reafirmaba mi apuesta por el futuro, tan bien representado en las palabras de Thiago de Melo que acompañan la iniciativa social Vaga Lumen (Luciérnaga) empeñada en el desarrollo de la zona: "Náo desperdices seu poder de luz. Prepara, cada noite, tua aurora". O con mayor crudeza, como lo diría la economista de gran influencia en las políticas económicas del Brasil de los últimos años, Concepción Tavares, clave en la configuración de la estrategia económica del Gobierno Lula que ayudó a formar, «Es un Gobierno de Mierda. Pero es mi gobierno. Mierda», llorando su depresión ante los acontecimientos observados.

Esto está pasando en Brasil, pero no sólo en Brasil y Latinoamérica. Por el bien de nuestras democracias, como siempre, aprendamos de estas lecciones y actuemos en consecuencia. Que no caigamos en el depresivo llanto de la impotencia y abracemos, con ilusión, el futuro. Fortalezcamos nuestro mejor sistema posible y sus gobiernos y no permitamos que la corrupción (económica, política, mediática, moral…) termine con la esperanza.
COMPARTE