Como ha venido sucediendo en los últimos años en diferentes países -en especial en Latino América-, los resultados electorales de hace dos semanas en Bolivia anuncian un cambio sustancial en la presidencia del Gobierno. Cambios que a la luz de las primeras informaciones mediáticas parecieran producirse con gran energía, inmediatez y transformaciones radicales en las sociedades de que se trata. Desgraciadamente, la realidad es muchísimo mas compleja que el mensaje mediático.
Así, por ejemplo, en el caso de Bolivia, el triunfo de Evo Morales se traduciría en una mayoría absoluta, cuyas limitaciones quedarían tan sólo en el contrapoder de los Estados Unidos y de las corporaciones multinacionales que explotan los recursos petroleros y gasistas del país. La realidad es, sin embargo, un tanto menos evidente. Su triunfo ha sido indiscutible e inédito en el marco del bipartito boliviano otorgándole la Presidencia, de forma directa, con el 50,7% de los votos con el contrapoder del Bolivia Podemos de la derecha de Tito Quiroga. No obstante, este poder habrá de compartirse con una oposición mayoritaria en la Cámara Alta y con un nada despreciable 42% en la Cámara Baja. Adicionalmente, las elecciones del pasado domingo 18 no sólo sirvieron para elegir un presidente sino, también, los prefectos o gobernadores regionales, ganando la oposición en 7 de los 9 departamentos del país (incluidos La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, las más importantes).
Es decir, el gobierno del cambio contará con un nada despreciable contrapoder que obligará a una política de acuerdos, consensos, ralentización de iniciativas y contrapartidas que moderarán al cambio prometido. Por otra parte, las principales organizaciones sociales, sindicales, etc. exigen la inmediatez y rotundidad de las promesas pre-electorales. Y por si fuera poco, una excesiva, poderosa e interesada presión internacional (española en cabeza) pretende interferir en la política interna (sobre todo económica) para dirigir el cambio hacia posiciones "gatopardistas" (cambiar para que todo siga igual, que diría Lampedussa).
En este panorama, no será fácil la labor de un gobierno que habrá de reconfigurar las reglas del juego económico que posibiliten la explotación racional de los recursos naturales en beneficio de la prosperidad del país y no de unos pocos privilegiados; financiar la adecuada redistribución de rentas, riqueza y oportunidades para una sociedad cuyo 64% vive por debajo del umbral de la pobreza, dotar al país de infraestructuras (físicas y sociales) mínimas capaces de colocarlo en la senda del desarrollo, repensar una estructura federalizante del país que satisfaga la confortabilidad de las regiones que no desean permanecer en un estado caótico común... Un gobierno que, sin duda, seguirá su tendencia natural hacia nuevos compañeros de viaje (Venezuela, Uruguay, Cuba, Brasil, Argentina...) en esa vía multilateral que va abriéndose camino real en el Cono Sur ante el malestar creciente de Estados Unidos y el unilateralismo disimulado que invade al mundo occidental. Tendencia natural que como hemos explicado, se verá alterada, por el contrapoder de muchas fuerzas en juego. Un reto, en un escenario complejo, que enfrentará las expectativas con la realidad.
Si ayer fue Brasil-Lula con la "Pobreza Cero" enfrentada a la corrupción intensa del Sistema, "Imaginar el Uruguay" acompañada de una parálisis de políticos y acusaciones reales del Gobierno en el Uruguay de Tabaré, "el efecto K" de Kirchner para la Argentina de las soluciones volviendo a la realidad de la desorientación y la resignación, o incluso la insatisfecha revolución prometida del "Esta vez sí" de Fox en México, esperemos -y ayudemos para que así sea- que la Bolivia de Evo Morales vea por fin la luz y permita que, en verdad, gane el campo pero, sobre todo, la sociedad boliviana en su conjunto que no se limite a la llegada de ponchos al Consejo de Gobierno sino a una razonada (y apasionada) transformación económica.
Así, mientras la alejada Bolivia y la algo mas próxima Latino América sureña despiertan con un cierto interés por los sucesivos cambios político-económicos que experimentan, dada la importante presencia de intereses españoles y europeos de los últimos años, nuestra vieja Europa avanza -o se estanca- según quién y cómo lo vea, a tropezones, arrancando acuerdos de mínimos (uno tras otro) para construir su futuro, poco a poco. Para hacerlo, parecemos empeñados en evitar cambios y sobresaltos (incluso en Alemania se ha tenido que conformar una gran coalición de Gobierno eliminando así la oposición real o, mejor dicho, incorporándola al Gabinete) siguiendo la línea del pensamiento único que manda la doctrina económica dominante, según el prestigioso "Financial Times" llamando tonto a quien se atreva a cuestionar un presupuesto del otrora socialdemócrata Blair (el de las Azores, los informes prefabricados y la guerra), o la denuncia de neoliberalismo anticonstitucional que escuchamos estos días en Euskadi. Mientras esto pasa, la economía parece tener ojos solamente para Asia (o, mejor dicho, China) y en el marco de un nuevo pensamiento como me decía el rector de una prestigiosa Universidad asiática hace unos días en un seminario sobre competitividad en Boston a mi pregunta sobre qué pensaban o esperaban de Europa: «Siento desilusionarte, pero en Asia sólo existe Asia. Europa es un mundo viejo obsesionado en problemas y soluciones del pasado; Estados Unidos está perdido en sus propias guerras; Latino América y África no existen. Asia es el futuro, las oportunidades, las ideas y la velocidad...».
¿Será verdad? Seguramente no. El "gap" entre sus expectativas y la realidad es aún enorme.
Esperemos que el nuestro en casa, no lo sea tanto y, sobre todo, seamos capaces de acortarlo. La experiencia señalada en el Cono Sur y la oportunidad de Bolivia deben ser, también, una puerta a la esperanza. Ayudémosle a no cerrarla. Por su bien... ¡Y por el nuestro!
Lecciones que habremos de extender más allá del Cono Sur. Empecemos por huir del pensamiento único y del unilateralismo. Observemos con objetividad, paciencia (y un poco de esperanza creativa) los movimientos conformadores de nuevas alternativas (Venezuela y su liderazgo en las repúblicas del Caribe de la mano de la energía; las políticas sociales como elementos de intercambio y solidaridad económica; configuración de nuevos espacios compartidos mas allá de un Mercado Común uniforme...), apostemos por la prosperidad estable y a largo plazo favoreciendo a la gente por encima de la dinámica generadora de mega empresas globales (número creciente de corporaciones privadas con beneficios anuales superiores a los 10.000 millones de dólares) que escapan al control democrático, y recuperemos el valor de la colaboración público-privada en la generación de estrategias económicas y políticas.
Invirtamos el orden de los factores, soñemos el futuro que queremos, optemos por un modelo deseable y pongamos las herramientas políticas y económicas a su servicio. Quizás de esta forma nos acerquemos a una realidad más confortable. No aceptemos la tozuda realidad económica como un hecho dado e inevitable. Por lo menos, no ahora que cerramos el año y formulamos nuevos deseos y sueños para el 2006.
Así, en nuestra agenda para el próximo año, comprometamos nuestros esfuerzos en repensar las estructuras geopolíticas y sus estrategias económicas, rompamos con la pereza (sobre todo mental) que nos lleva a mantener la herencia como esencia inamovible y reformulemos un mapa alternativo. No será suficiente pero sí un aire fresco y una nueva oportunidad para acercarnos a las soluciones lejos de enredarnos en los problemas.
Porque, en definitiva, es verdad que esto "va de economía" pero -también- y, sobre todo, de política (con mayúsculas), ideología, voluntad y compromisos. Empecemos el año con una nueva agenda.