La intensidad del debate político, jurídico y mediático de estas últimas semanas concentrado en la reforma del Estatuto para Cataluña, el Congreso de Batasuna o ciudadanos próximos a ideas propias de esta organización y la aprobación o no de la OPA de Gas Natural sobre Endesa parecerían limitar nuestra ocupación a estos relevantes e importantes aspectos dejando fuera de actualidad otros muchos que afectan de manera considerable a la economía, la empresa y, en consecuencia, a los ciudadanos y su bienestar. Si bien el anuncio de la CNMV de su propuesta de requisitos para la configuración de consejos de Administración en empresas cotizadas, retoma el debate sobre el gobierno y propiedad empresarial.
Así, ante el complejo mundo en que vivimos se obligan a trabajar, de manera simultánea, en múltiples variables con incidencia tanto a corto como a largo plazo y que mas allá del impacto temporal que pudieran tener, actúan como fichas de dominó provocando una imparable sucesión de eslabones causa-efecto. Éste es el caso de los crecientes cambios que se vienen generando en la estructura accionarial de las empresas, sus estructuras de gobierno y mecanismos de control y la consecuente estrategia que definen y persiguen. Así, si repasamos la prensa económica (no ya especializada sino las noticias del día a día entremezcladas con el fútbol, la moda, o nuestras actividades cotidianas), sin remontarnos mas allá de semanas, observamos la vorágine desatada tras el último fallido intento (al menos por el momento) en la histórica fusión de las Cajas de Ahorro Vascas, la cada vez más frenética actividad de las sociedades de capital riesgo que parecen manejar capitales ilimitados y penetrar en todo tipo de industrias y negocios, una intensa recuperación de la afición por salir a Bolsa acompañado de la vuelta de los viejos conglomerados empresariales de la mano de multimillonarias constructoras que parecen liderar todo negocio disponible (incluso el de la propia industria de la construcción) y la cada vez mayor transformación de empresas familiares ‘‘haciendo caja’’ y posibilitando la reordenación patrimonial y la gestión a gusto de sus miembros. Todos estos movimientos, en el marco de un movimiento cultural y social favorecedor de la llamada responsabilidad social corporativa y con la ‘‘atenta’’ observación de los tribunales y órganos reguladores -en teoría independientes- sobre los administradores y consejeros (sobre todo externos), nos debería invitar a repensar las estructuras de propiedad y gobierno de las empresas en una economía en plena transformación. ¿Dónde reside la verdadera ventaja competitiva en las diferentes formas de propiedad de las empresas? ¿Garantizan su éxito y permanencia futura por pertenecer a una entidad financiera o por apalancarse en un gobierno y/o sector público? ¿Encuentran su fortaleza en un mercado de valores, en la dilución de poder o en el tamaño? ¿La nacionalidad del inversor determina su mayor o menor credibilidad? ¿Qué estructura propietaria requieren las muchísimas empresas vascas para abordar la intensidad internacionalizadora que deben afrontar? y, ¿con qué tipo de gobierno y gestión?
¿Ayuda, de verdad, a clarificar estas decisiones estratégicas la propuesta reguladora de la Comisión Nacional de Valores más allá de su empeño en establecer cuotas de género e independencia nominal y aparente?
La economía de hoy se caracteriza, además de por su incertidumbre y velocidad de cambio, intensidad innovadora y creciente deslocalización parcial y cambiante, por la interdependencia a lo largo de una gran constelación de cadenas de valor en las que los agentes económicos, sociales e institucionales configuran partenariados, alianzas, redes (temporales o mas o menos estables) a lo largo del mundo, con todo tipo de sociedades, propietarios, directivos y gobiernos. No obstante, muy poco hemos recorrido en la identificación de unas formas de propiedad y gobierno adecuada a los nuevos tiempos lo que, sin duda, supone un enorme obstáculo para el desarrollo. Tras el acierto en la definición de estas estructuras esenciales, se esconde el éxito y fracaso de tantas iniciativas empresariales. ¿Cómo y dónde asignar los recursos estratégicos? ¿Cómo medir su rendimiento, éxito o fracaso? ¿Cómo gestionar una economía de innovación y conocimiento y de que manera organizarla? Muchas son las formas "un tanto más sofá" que se han venido experimentando, desde estructuras informales y flexibles de encuentro, mesas de decisión, consejos asesores o un sinnúmero de elementos tutelares con participación y contenido financiero, tecnológico, estratégico o de soporte infraestructural. Como en todo, no hay una receta mágica pero qué duda cabe que la innovación societaria, estructural y de gobierno resulta esencial en el nuevo marco y reto de la innovación.
Hoy, en Euskadi, son muchas las empresas que repiensan sus estrategias. Prácticamente todas ellas ven inevitable abordar procesos de crecimiento y expansión a lo largo del mundo y contemplan hacerlo con diferentes compañeros de viaje y no solamente -que también- socios financieros. Conceptos como colaboración, alianzas y partenariados están en la mente y boca de todos. Sin embargo, su aplicación dista mucho de encontrar la fórmula adecuada que permita pasar de la voluntad y deseo del camino del éxito a la practica eficaz necesaria. Es, por tanto, éste uno más de nuestros grandes retos. De su logro, dependerá en gran medida tanto nuestro bienestar como el éxito de las demandas socio políticas de gran envergadura que nos ocupan estos días.
Y aunque para algunos pudiera no parecerlo, la economía, las empresas y las diferentes estrategias y políticas que han de regirlas, no solo es relevante y trascendental sino imprescindible para configurar espacios políticos y de bienestar deseables. Conviene ocuparnos con intensidad de esto.