Energía... fusión... País

Energía... fusión... País
11
Urria
2006
Iritzia

La convulsión energética vivida las semanas anteriores merece una cierta atención. Son muchos, sin duda, los diferentes puntos de vista desde los que podemos aproximarnos a su consideración: desde el un tanto limitado (en número de interesados y entendidos) mundo regulatorio con los serios varapalos que la UE ha propinado al Gobierno español (tanto a su presidente que ha realizado un largo e intenso viaje desde el incondicional apoyo a Gas Natural-Endesa hasta su conformidad pro-alemana con E.ON, como al nacionalista español o internacionalista globalizado ministro Solbes, según el momento y el medio en qué se manifieste, o al ya ex ministro Montilla y su nada independiente CNE) obligándole a dar marcha atrás en su apresurada aventura favorecedora de unas determinadas operaciones; hasta las consideraciones burocráticas (con el espectacular respaldo cotizador a determinadas empresas como Iberdrola); o al un tanto sorprendente silencio respecto de los movimientos oligopólicos en marcha. Cualquiera que sea el punto de aproximación elegido, las enseñanzas son extraordinarias.
Sea cual sea, por tanto, el punto de salida, la realidad es que, cuando se contempla desde una posición cercana (como ciudadano, contribuyente y consumidor), llaman la atención y preocupan unas cuantas cosas: la excesiva concentración a favor de unos pocos accionistas coincidiendo con su rápido y desmedido enriquecimiento, la fragilidad de los mecanismos de control y la preocupante facilidad con que algunos consejeros y accionistas parecen haberse beneficiado de información privilegiada. Igualmente, la creciente concentración del poder, económico en manos de unos pocos, hasta ayer empleados distinguidos de la construcción y hoy grandes cerebros multi-industria, así como la interacción público-privada orientada hacia un supuesto libre mercado y, desde un punto de vista "local o próximo", el abandono -otro más- del País por una empresa singular que hemos tenido durante años por propia.

En este panorama resulta sorprendente observar la gran aceptación mediática del anuncio de estas operaciones. Escasa o nula atención han merecido la calidad y eficiencia del servicio a los consumidores (al menos dos años de integración y fusión con el consecuente despiste en la gestión ordinaria es el mejor escenario esperable), o las ya anunciadas como inevitables reestructuraciones, ajustes, prejubilaciones y adecuaciones empresariales a los ratios de capitalización o negocio per cápita aventurados por los analistas financieros, o la actuación que determinadas entidades financieras y profesionales que representan al "bien común" por decisión de las instituciones y/o partidos políticos han tenido en éste anuncio "empresarial". Sorprende la diferente óptica con que, por ejemplo, estos mismos medios se han acercado al anuncio de otro proyecto deslocalizador -en este caso en las Encartaciones- a mucha menor escala. Parecería que el acento se pone en el pequeño inversor anónimo y distante y se aplaude (o ignora) al gran financiador de la publicidad garante del funcionamiento de los medios de comunicación.

Al mismo tiempo, los órganos de supervisión -en teoría independientes- miran a otra parte, refuerzan su dedicación burocratizada en expedientes administrativos de menor trascendencia y aplauden el exitoso avance de las grandes operaciones (casi siempre de la mano de los mismos), calificándolas de estratégicas o "campeones nacionales" según el caso. ¿Ven como razonables las barreras de sus competidores en el mercado español y la bandera de la libre competencia y la imparable globalización cuando estos "campeones" invierten en otros países?

Al final de la observación de estos fenómenos empresariales convendría que la ensoñación de los grandes números, las grandes concentraciones "para competir en una economía global" no se conviertan en los árboles que no dejan ver el bosque. Ojalá alguien tome buena nota. No es verdad que el mercado mande. No es verdad que la Bolsa, la globalización, el beneficio (empresarial y personal) y el tamaño sean los vectores inevitables de un modelo único de desarrollo. Hay alternativas. Y de no existir, más vale que nos empeñemos en buscarlas, por la cuenta que nos trae.

¿Gana el ciudadano, el consumidor, el trabajador medio, el País y la competitividad y bienestar de la industria y la sociedad con estas espectaculares operaciones, más allá del escaparate bursátil y financiero? Ésta es la gran pregunta. No el éxito de unos pocos contabilizados con los dedos de una mano.
PARTEKATU